Una plaza, un empacho y una bajante: el nuevo capítulo de ‘La que se avecina’ desata el caos en Contubernio 49

El nuevo episodio de 'La que se avecina', ya disponible en Prime Video, vuelve a demostrar por qué la serie sigue sabiendo reírse de la actualidad, de sus propios personajes y de las miserias cotidianas llevadas al extremo.

El capítulo 5 de la temporada 16, titulado Una oportunidad de oro, un empacho de niño y una ñorda bajante, reúne en menos de una hora varios conflictos clásicos del universo Mirador de Montepinar trasladados ahora a Contubernio 49, con resultados tan absurdos como incómodamente reconocibles.

Uno de los ejes centrales del episodio gira en torno a Amador, que logra hacerse con una plaza de aparcamiento para personas con movilidad reducida de la forma más surrealista posible.

La obtención del distintivo no solo provoca incredulidad entre los vecinos, sino que desata un enfrentamiento directo con Antonio Recio, que llevaba años utilizando ese espacio para cargar y descargar el camión del pescado. Lo que comienza como una discusión vecinal acaba escalando en multas, amenazas, policías y una guerra absurda en la que la picaresca española vuelve a ser protagonista absoluta.

En paralelo, Antonio y Berta se obsesionan con una supuesta oportunidad inmobiliaria irrepetible. La venta de uno de los pisos del edificio despierta el instinto especulador del pescadero, convencido de que convertirse en gran tenedor es el siguiente paso lógico de su imperio personal. La realidad, como casi siempre en su caso, acaba demostrando que llegar tarde y fiarlo todo al orgullo suele salir caro, muy caro.

Otro de los frentes del capítulo lo protagoniza Menchu, que se queda a cargo de su nieto durante más tiempo del previsto. Lo que parecía un plan entrañable se transforma rápidamente en un empacho físico y mental, con una abuela desbordada, sin descanso y al límite de sus fuerzas. La serie aprovecha esta trama para ironizar sobre la crianza tardía, la idealización de la familia y el agotamiento silencioso que nadie quiere reconocer en voz alta.

Mientras tanto, en el restaurante, Martín vive su particular descenso a los infiernos tras sufrir uno de los momentos más desagradables que ha dado la temporada: una avería en la bajante provoca un incidente escatológico que se convierte en obsesión personal. Lejos de dejarlo pasar, el personaje inicia una investigación casi detectivesca para descubrir al culpable, cruzando límites y perdiendo cualquier resto de dignidad por el camino. La trama, deliberadamente exagerada, funciona como sátira del ego herido y de la necesidad enfermiza de encontrar responsables.

El episodio también deja espacio para relaciones sentimentales cruzadas, malentendidos amorosos y nuevas convivencias improvisadas, reforzando esa sensación de caos permanente que define a la serie. Nadie está realmente donde quiere estar, pero todos actúan como si lo tuvieran todo bajo control, aunque sea evidente que no es así.

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