Un funeral ¿sin Marta? en ‘Sueños de libertad’ (Mejores momentos)
Había dicho que no iría. Que no quería estar ahí, rodeada de hipocresía y flores blancas, despidiendo a un hombre que la traicionó. Pero Marta apareció. Y cuando lo hizo, lo hizo a su manera.
El funeral de Pelayo en 'Sueños de libertad' estuvo a punto de transcurrir sin ella. La hija de Damián había dejado claro desde el principio que no tenía intención de acompañar a la familia ni a doña Clara en ese último adiós. Sin embargo, cuando la madre del político rompió a llorar en mitad del poema que intentaba recitar en honor a su hijo, Marta salió de la sombra para terminar lo que ella no podía.
Fue un gesto inesperado. Casi tierno. Y por eso mismo, lo que vino después resultó todavía más demoledor.
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De pie ante todos, con los ojos cargados de lágrimas que mezclaban el dolor real con la rabia contenida, Marta dedicó unas palabras a Pelayo que sonaban a elogio y escondían un juicio. «Era un hombre bueno y un marido excelente», dijo, con esa ironía que solo entienden los que conocen la historia que hay detrás. Un hombre ambicioso, capaz de cualquier cosa para cumplir sus sueños —y los de su madre—. Un marido que prometió cuidarla y protegerla hasta el final.
La sala lo recibió como un homenaje. Solo ella sabía que era otra cosa.
Pero el momento más cargado llegó al final, lejos de los micrófonos y de los ojos ajenos. Antes de alejarse del ataúd, Marta se inclinó hacia él y susurró lo único que le quedaba por decirle. Una sola palabra. «Púdrete».
No hay reconciliación en ese gesto. No hay duelo, no hay perdón ni clausura. Hay una mujer que eligió mantener la dignidad en público y reservarse la verdad para el último instante privado con quien la traicionó. Un final que cierra, con una brutalidad contenida, la relación más tormentosa de la ficción.
La escena resume mejor que cualquier diálogo lo que 'Sueños de libertad' lleva construyendo con el personaje de Marta: alguien capaz de sostener la máscara hasta el límite exacto en que ya no importa sostenerla.
