‘Padre no hay más que uno’ busca su propia identidad lejos del estilo de Santiago Segura

En un panorama televisivo cada vez más poblado de secuelas, adaptaciones y universos compartidos, no resulta extraño que una de las sagas más taquilleras del cine español haya dado el salto definitivo a la pequeña pantalla.

Sin embargo, ‘Padre no hay más que uno, la serie’ no se limita a reproducir la fórmula que tan bien funcionó en salas, sino que apuesta por una identidad propia, alejándose de los tics más reconocibles del cine de Santiago Segura y afinando su tono hacia una comedia familiar más contenida y reflexiva.

La ficción, que se estrena en Atresplayer con emisión semanal y llegará más adelante a Prime Video con la temporada completa, presenta una familia completamente nueva.

Los Vicho Vaello se convierten en el eje del relato: una pareja con cinco hijos cuya rutina salta por los aires cuando ella decide reincorporarse al mercado laboral con un puesto de responsabilidad en la app Conchy, mientras él asume el rol principal en la crianza. El cambio profesional implica además una mudanza de ciudad, un detonante narrativo que pone a los hijos en pie de guerra y activa el conflicto desde el primer episodio.

Uno de los grandes aciertos de la serie es el giro en la figura paterna. Frente al padre caótico, torpe y deslenguado de las películas, aquí nos encontramos con un protagonista obsesionado con hacerlo todo bien.

Manuales de educación consciente, discursos pedagógicos y una fe casi ciega en la teoría chocan de frente con la realidad cotidiana de un hogar con cinco niños. La comedia surge precisamente de ese contraste entre el ideal y la práctica, entre lo que prometen los libros y lo que realmente ocurre cuando la convivencia se complica.

El personaje de la madre aporta el contrapunto perfecto. Más pragmática y menos teórica, representa una visión de la crianza más tradicional, que en muchos momentos se revela más eficaz que los grandes discursos modernos. Este equilibrio entre ambos puntos de vista evita caer en caricaturas excesivas y permite que el humor nazca de la situación, no del chiste fácil.

En lo formal, ‘Padre no hay más que uno, la serie’ también marca distancias con el cine. Los episodios, de unos 25 minutos, apuestan por un ritmo ágil y directo, sin necesidad de estirar las tramas.

El tono se acerca más a la comedia blanca de situación, con referencias claras tanto a las grandes series familiares españolas de los noventa como a ficciones internacionales tipo ‘Modern family’. Los testimonios a cámara de los personajes, aunque ralentizan puntualmente la narración, añaden ironía y permiten jugar con saltos temporales y dobles lecturas.

No todo funciona con la misma solidez. En los primeros capítulos, los hijos todavía se mueven en registros algo esquemáticos y necesitarán más recorrido para ganar peso dramático y personalidad propia. Todo apunta, eso sí, a que los secundarios —familiares y amigos— irán ganando presencia y servirán de apoyo para sostener la comedia a largo plazo.

En conjunto, la serie se presenta como una evolución lógica y necesaria del universo ‘Padre no hay más que uno’. Mantiene su vocación familiar, pero renuncia al humor más ruidoso y chabacano para explorar una comedia más observacional, centrada en los dilemas actuales de la crianza, los roles familiares y el choque entre teoría y realidad.

Una propuesta que no busca replicar el éxito cinematográfico plano por plano, sino sobrevivir sin su creador más emblemático y encontrar un espacio propio dentro de la ficción televisiva española.

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