‘La ruta. Vol. 2: Ibiza’: un arranque hipnótico que mira al pasado sin perder el pulso del presente

El regreso de ‘La Ruta’ a Atresplayer no solo era esperado: era necesario.

Tras el éxito de su primera temporada, que capturó con precisión el pulso emocional de una generación marcada por la Ruta del Bakalao, ‘La Ruta Vol. 2: Ibiza’ vuelve a demostrar que la nostalgia puede ser una herramienta poderosa cuando se usa con inteligencia.

Con seis nuevos episodios y una estructura que entrelaza los años 70 y los 90, la serie creada por Roberto Martín Maiztegui, Clara Botas y Borja Soler construye una historia sobre la herencia, la identidad y el vértigo del cambio.

En 1996, Marc Ribó (Àlex Monner) es un DJ residente en la mítica discoteca Amnesia, en plena era dorada del sonido trance. Pero la llegada de promotores británicos y el turismo masivo amenazan con arrebatarle la autenticidad de su oficio.

El ruido, la fama y la soledad se mezclan en la vida de un hombre que empieza a sentirse extranjero en su propio paraíso. Junto a él aparece Vicky (Carla Díaz), una joven andaluza con un brillo que contrasta con la decadencia emocional de Marc. Su historia, cargada de deseo y contradicción, aporta al relato un aire de drama íntimo dentro del torbellino musical de la Ibiza noventera.

El otro hilo narrativo, ambientado en 1971, viaja hacia los orígenes de esa herencia emocional. Allí conocemos a Manuel (también interpretado por Monner), un joven constructor que ve en la isla una oportunidad de prosperar en medio del tardofranquismo, y a Leonor (Marina Salas), su esposa, cuya existencia doméstica se tambalea cuando conoce a Violeta (Irene Escolar), una mujer libre, magnética, que representa el despertar de una conciencia nueva.

A través de ellas, la serie aborda con sensibilidad temas como la emancipación femenina y la represión social, mostrando que las revoluciones personales también nacen en silencio.

La estructura a dos tiempos funciona como un espejo. Padre e hijo se reflejan, se repiten y se contradicen. Manuel construye el sueño que Marc terminará viendo derrumbarse.

Esa simetría entre pasado y presente da forma a un discurso más profundo sobre cómo las decisiones de una generación modelan —y a veces condenan— a la siguiente. En ese diálogo entre décadas, la música se convierte en un lenguaje universal: las mezclas de Marc en Amnesia son un eco del pasado, una manera de dialogar con lo que ya no está.

La dirección de Borja Soler brilla especialmente en la puesta en escena. Los tonos terrosos y cálidos de los 70 contrastan con los neones saturados de los 90, sin caer en la caricatura estética. Ibiza emerge como un personaje más, un organismo vivo que pasa de refugio utópico a escaparate comercial. La cámara observa con calma, sin juicios, cómo esa transformación arrastra consigo los sueños de quienes la habitan.

En el plano interpretativo, Àlex Monner vuelve a ofrecer un trabajo sobresaliente, capaz de habitar con matices a dos hombres separados por 25 años pero unidos por la misma sensación de pérdida. Carla Díaz desborda naturalidad y energía, mientras que Marina Salas e Irene Escolar aportan profundidad y tensión emocional en un duelo actoral que da algunos de los mejores momentos del episodio inicial.

Más allá de su impecable ambientación, ‘La Ruta Vol. 2: Ibiza’ destaca por su mirada adulta y melancólica, por esa sensación de resaca emocional que se cuela entre luces estroboscópicas y amaneceres frente al mar. Ya no se trata solo de recordar la fiesta, sino de comprender lo que quedó después.

Esta nueva temporada confirma el crecimiento narrativo y visual de una de las producciones más ambiciosas de Atresplayer. ‘La Ruta Vol. 2: Ibiza’ es una historia sobre el tiempo, sobre lo que heredamos sin querer y lo que intentamos olvidar sin conseguirlo. Y lo hace con una elegancia poco habitual en la ficción española reciente.

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