‘La frontera’, el thriller de Prime Video que reabre viejas heridas con una arriesgada ficción sobre ETA

Con solo cinco episodios, ‘La frontera’ se lanza de lleno a un territorio donde pocos se atreven a pisar.

Trata el del relato ficcionado sobre los años más duros del terrorismo etarra, situándose en un punto de inflexión para la lucha antiterrorista, cuando Francia comenzó a colaborar activamente con España.

La nueva miniserie, dirigida por Yolanda Centeno y María Pulido, propone un thriller que navega entre la acción, el drama moral y una historia de amor imposible, mientras se adentra en un contexto político especialmente delicado.

Ambientada en 1987, con un trasfondo histórico donde la tensión entre ETA y los gobiernos de Mitterrand y González marcaba la agenda política y social, la serie se apoya en una ficción que mezcla hechos verídicos con una trama inventada.

El guion, firmado por David Zurdo y Luis Marías, imagina una operación clandestina: una disidencia de ETA planea un gran atentado en París que un capitán de la Guardia Civil (Mario, interpretado por Javier Rey), un policía francés (Vincent Pérez) y una joven vasca (Izaskun, interpretada por Itsaso Arana) tratarán de impedir al margen de sus superiores.

El arranque de ‘La frontera’ es poderoso: una persecución trepidante en los pasos fronterizos de Irún-Hendaya marca el tono visual y dramático. A partir de ahí, la serie se convierte en un cruce de caminos entre thriller político, drama personal y alegoría sobre los límites éticos de la violencia y la lealtad.

Izaskun, atrapada entre su legado familiar vinculado a ETA y su creciente rechazo a la violencia, es el personaje más complejo y emocional de la serie. Su conflicto interior representa bien esa "frontera" que da título a la serie: la línea borrosa entre ideología, moralidad y afecto.

Mario, su contrapunto, es la calma institucional. Un guardia civil que se enfrenta no solo a un grupo armado, sino también a la frialdad de una administración que antepone estrategias geopolíticas a vidas humanas.

Rey dota al personaje de una serenidad que recuerda al cine negro europeo, reforzando la estética sobria y el pulso narrativo de la serie. Esa elección estilística distancia la serie de otras propuestas sobre ETA como ‘Patria’ o ‘La línea invisible’, inclinándose más por el suspense que por la introspección social.

Sin embargo, esa mezcla de elementos reales y ficcionales no ha convencido a todos. Algunos espectadores familiarizados con los años de plomo del terrorismo han cuestionado la credibilidad del argumento central: la supuesta inacción deliberada del gobierno español para forzar un mayor compromiso francés mediante la consumación de un atentado en su capital.

La ficción, en este caso, corre el riesgo de chocar con una memoria aún viva y sensible. La figura de la Tigresa, personaje inspirada en la histórica etarra Idoia López Riaño, es llevada al extremo del estereotipo como antagonista sin matices, lo que para algunos espectadores puede desdibujar el rigor dramático que la serie pretende.

A pesar de ello, ‘La frontera’ encuentra su valor en el atrevimiento. No busca el consenso, sino provocar reflexión. Y lo consigue, en parte, al mostrar la fragilidad institucional, el desgaste de las convicciones y los dilemas morales que emergen cuando el enemigo no siempre es fácil de identificar.

La serie acierta al plantear que las mayores batallas no siempre se libran en trincheras ideológicas, sino en los pasillos del poder y en las decisiones solitarias de quienes intentan cambiar las cosas desde dentro.

A diferencia de ‘Patria’, que apostaba por una fidelidad emocional al contexto social vasco, ‘La frontera’ se aleja del naturalismo para buscar el espectáculo del thriller. Y lo encuentra. Pero esa elección tiene un precio: su verosimilitud se debilita cuando el espectador siente que el peso de la historia ha sido alterado en favor de la tensión narrativa.

Aun así, es indudable que ‘La frontera’ contribuye a ampliar la conversación en torno a la memoria reciente del país. Lo hace con un formato dinámico, interpretaciones sólidas y una dirección cuidada que no teme traspasar líneas. Puede no ser la representación más rigurosa de la historia, pero sí es una de las más audaces. En el marco de las ficciones nacionales de 2025, se presenta como una propuesta distinta, arriesgada, que invita a pensar sin ofrecer respuestas fáciles. Y ese, precisamente, puede ser su mayor logro.

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