‘El mapa de los anhelos’: Netflix adapta a Alice Kellen con un drama que funciona mejor como idea que como serie

Netflix estrenó el pasado 17 de julio 'El mapa de los anhelos', una miniserie de seis capítulos que adapta la novela homónima de Alice Kellen y convierte una historia sobre la pérdida de una hermana en un recorrido emocional sobre la identidad, la culpa y la necesidad de aprender a existir fuera de alguien. Sobre el papel, el planteamiento es poderoso. En pantalla, el resultado se queda a medio camino entre lo conmovedor y lo previsible.

La premisa tiene un punto de partida poco habitual. Greta nació con un propósito muy concreto: salvar a su hermana Lucy, enferma de leucemia, gracias a la compatibilidad de sus células madre. Toda su vida se construyó alrededor de esa función.

Cuando Lucy muere, Greta se queda sin mapa. No solo pierde a su hermana, pierde la única razón que había encontrado para estar en el mundo. Es un conflicto potente, de esos que no necesitan adornos. Y sin embargo, la serie no siempre confía en él lo suficiente.

Lucy deja un último regalo antes de irse. Un juego que da nombre a la serie: una serie de retos diseñados para obligar a Greta a salir de sí misma, enfrentarse al dolor y formular deseos que nunca se había permitido tener.

El recurso funciona como motor narrativo, pero también evidencia una de las debilidades del conjunto: la estructura por retos convierte a veces el avance emocional de Greta en algo demasiado mecánico, como si el duelo se pudiera resolver por etapas bien marcadas. La novela original situaba la acción en Estados Unidos. La serie la traslada a un contexto español sin alterar el corazón de lo que cuenta, aunque tampoco saca demasiado partido al cambio.

Alícia Falcó asume el peso de la historia como Greta y es, con diferencia, lo mejor de la serie. Hay una fragilidad contenida en su interpretación que sostiene escenas que, en manos de otra actriz, habrían caído en lo lacrimógeno. Georgina Amorós interpreta a Lucy con solvencia, aunque su presencia, mantenida a través de recuerdos y apariciones, termina resultando irregular: algunas de esas intervenciones aportan profundidad, otras frenan el ritmo sin añadir nada nuevo.

Pablo Álvarez completa el trío protagonista como Will, un personaje cuya función romántica está clara desde el primer episodio y que nunca llega a desarrollarse del todo más allá de ese papel. Junto a ellos, Laia Marull, Mario de la Rosa y Ramón Barea aportan el contrapeso veterano en un drama donde las relaciones familiares pesan tanto como las sentimentales, aunque la serie no siempre les da el espacio que merecen.

La dirección corre a cargo de Laura M. Campos, que ya dirigió 'Valeria', y Gemma Ferraté, responsable de 'Citas Barcelona'. Dos perfiles que conocen bien el territorio del drama emocional en formato serie y que aquí trabajan con un material contenido, de pocos personajes, donde casi todo recae sobre las interpretaciones y los diálogos.

La puesta en escena es limpia, cuidada, pero también demasiado prudente. Falta riesgo visual. Falta una imagen que se salga del catálogo de iluminación cálida y planos cerrados que Netflix ha convertido en su estándar para el drama íntimo.

'El mapa de los anhelos' es la segunda adaptación de Alice Kellen que llega a las pantallas este año, tras la película 'Todo lo que nunca fuimos'. No es casualidad. Kellen ha conseguido algo que pocos autores españoles pueden decir: convertir la fidelidad de sus lectores —amplificada durante años por la comunidad de BookTok— en un activo real para las plataformas.

Netflix lo ha identificado y sigue apostando por ello. La pregunta es si esa apuesta está produciendo buenas adaptaciones o simplemente adaptaciones rápidas dirigidas a un público ya conquistado.

Los seis episodios se lanzaron de forma simultánea, siguiendo la estrategia habitual de la plataforma para miniseries. La historia es autoconclusiva y esa naturaleza cerrada juega a su favor. Aquí no hay conflictos estirados ni tramas secundarias que desvíen la atención. Seis capítulos, un recorrido con principio y final definidos. Esa concisión es un acierto, aunque también deja al descubierto que algunos episodios intermedios no tienen suficiente materia dramática propia y se sostienen más por inercia que por necesidad narrativa.

Lo más interesante de la serie es cómo utiliza el duelo. No funciona solo como detonante dramático. La muerte de Lucy sirve para explorar la culpa del superviviente y la dificultad de construir una identidad propia cuando se ha vivido años orientado exclusivamente hacia las necesidades de otra persona.

Es una pregunta incómoda y la serie no la esquiva: qué queda de ti cuando desaparece aquello que te definía por completo. Ahí, en esa zona, 'El mapa de los anhelos' tiene momentos genuinamente buenos. El problema es que no siempre se queda en ella, y cuando se desvía hacia el romance o hacia la resolución emocional fácil, pierde buena parte de lo que la hacía singular.

Netflix lleva tiempo mirando hacia la literatura española para nutrir su catálogo de ficción nacional. Con 'El mapa de los anhelos', la apuesta es legítima pero desigual: un drama que tiene una gran pregunta en su centro y una actriz protagonista capaz de cargar con ella, pero que no termina de arriesgar lo suficiente en la forma de contarla. Se deja ver. Conmueve en tramos. Pero uno no puede evitar la sensación de que la historia merecía una serie un poco más valiente.

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