El juego de seducción de Beatriz que confunde a Gabriel en ‘Sueños de libertad’ (Mejores momentos)

La tensión entre Beatriz y Gabriel ha dado un paso más en 'Sueños de libertad', en una escena cargada de reproches, deseo contenido y viejas heridas que todavía siguen abiertas.

La joven irrumpe en su casa y convierte el encuentro en un pulso emocional en el que no solo cuestiona su relación con Begoña, sino también la verdad que se esconde tras ese matrimonio que, según ella, no tiene nada de auténtico.

Lejos de frenarse cuando Gabriel le deja claro que no se fía de ella, Beatriz decide avanzar todavía más. Primero reconoce que durante mucho tiempo sintió que aquel hogar le había sido arrebatado, como si la vida que ahora ocupa Begoña hubiese podido ser la suya. Pero enseguida deja atrás ese lamento para lanzar el golpe más duro: asegura que esa casa no es el refugio perfecto que parece y que el matrimonio de Gabriel es tan falso como el resto de su vida.

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Gabriel intenta defenderse y también proteger a Begoña. Habla de ella como una mujer inteligente, sensible, culta y elegante, además de recordarle que le ha dado un hijo. En su discurso quiere presentar a Begoña como la esposa ideal, la mujer que cualquiera querría tener. Sin embargo, Beatriz no se deja impresionar. Al contrario, utiliza precisamente esa imagen de perfección para atacar donde más le duele: nada de eso, le dice, fue lo que hizo que él se enamorara.

Ahí es cuando la conversación entra en su terreno más incómodo. Beatriz le recuerda a Gabriel que con ella hubo una pasión que no existe con Begoña. “No la deseas con la pasión con la que me deseabas a mí”, le suelta, dejando al empresario sin margen para esquivar el asunto. Gabriel trata de enfriar la escena y responde que todo eso pertenece al pasado, que lo suyo con Begoña es algo más sólido. Pero la seguridad que intenta mostrar se resquebraja casi al instante.

Porque Beatriz no tarda en encontrar otra grieta en ese supuesto matrimonio estable: los cuartos separados. Cuando Gabriel intenta justificarlo diciendo que es algo temporal por el pequeño Juan, ella vuelve a la carga y deja una idea demoledora en el aire. Para Beatriz, el problema no es si Begoña sigue enamorada de él, sino que quien ya no está enamorado es Gabriel. Y va aún más lejos al asegurar que jamás lo estará.

La escena también deja espacio para una confesión muy reveladora. Beatriz admite sin rodeos que estuvo locamente enamorada de Gabriel y que lo habría querido toda la vida si él no la hubiese abandonado. Esa frase resume buena parte de la fuerza del momento: no se trata solo de una provocación o de un intento por incomodarlo, sino de una herida que sigue viva y que ella utiliza ahora como arma. Gabriel, por su parte, intenta rebajar esa historia diciendo que aquello no era amor, sino pasión, una pasión que acaba “como todo”.

Pero ni siquiera esa respuesta consigue cerrar el enfrentamiento. Beatriz termina la conversación con una última insinuación, cargada de veneno, cuando él le ordena que se cambie y deje de llevar la ropa de Begoña. Ella acepta, sí, aunque no sin antes deslizar que quizá lo que de verdad teme Gabriel es que alguien descubra cómo la mira.

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