‘Berlín y la dama del armiño’ confirma lo que muchos temían: el universo de ‘La casa de papel’ se ha quedado sin aire

Hay una diferencia enorme entre despedirse a tiempo y despedirse tarde.

Berlín y la dama del armiño

Pedro Alonso lo sabe, y por eso decidió que esta segunda temporada de 'Berlín' fuera la última. Ocho episodios ambientados en Sevilla, un golpe nuevo con la banda de siempre y 'La dama del armiño' de Leonardo da Vinci como cebo de una venganza contra el Duque de Málaga y su esposa, un matrimonio que intenta chantajear a Andrés de Fonollosa. La venganza como motor. El problema es que el motor se ahoga.

Porque la decisión de Alonso de poner punto final es, probablemente, lo más lúcido que rodea a esta temporada. Todo lo demás se resiente de un mal que ya asomaba en la primera entrega y que aquí se agrava: la sensación de que no hay nada verdaderamente en juego.

Las tramas culebronescas se enredan sin aportar tensión real, los episodios se alargan para sostener una historia que en el fondo es sencillísima y el resultado es una serie que pide constantemente una atención que no se gana. Ocho capítulos son demasiados para lo que se cuenta. Cuatro habrían bastado, y quizá habrían funcionado mejor.

La parte de acción sigue teniendo pulso. Eso hay que reconocerlo. Cuando 'Berlín' se concentra en el golpe —en la mecánica del engaño, en las piezas del plan encajando o desmoronándose—, la serie recuerda por momentos lo que fue capaz de generar el universo del que proviene.

Pero esos momentos son islas en un océano de escenas que no llevan a ningún sitio, de diálogos que suenan a relleno y de un desenlace anticlimático que deja tramas abiertas, como si el cierre definitivo se hubiera decidido después de rodar y no antes.

Hay un nombre que salva los muebles con una autoridad que nadie más consigue en esta temporada: Inma Cuesta. Su Candela —carterista con carácter de mil demonios y sangre caliente— es lo mejor que le ha pasado a esta serie desde que existe. La química con Pedro Alonso funciona porque, por primera vez, Berlín se encuentra con alguien que le planta cara en su propio terreno.

Una ladrona capaz de incendiar la caravana de un amante infiel o de apuntarle con un arma durante una conversación. Esa relación de igual a igual le da aire a una ficción que lo necesitaba desesperadamente. También brillan Julio Peña y Michelle Jenner, que exprimen un material que les da menos de lo que merecen, y los cameos finales arrancan una sonrisa que sabe más a nostalgia que a emoción genuina.

Al reparto habitual —Pedro Alonso, Tristán Ulloa, Michelle Jenner, Begoña Vargas, Julio Peña y Joel Sánchez— se suman Inma Cuesta, José Luis García-Pérez como el Duque de Málaga y Marta Nieto como la Duquesa. La dirección corre a cargo de Álex Pina, Esther Martínez Lobato, Albert Pintó, David Barrocal y José Manuel Cravioto. Talento de sobra delante y detrás de la cámara. Lo que falta no es oficio, sino una historia que justifique el esfuerzo.

En 24 horas, 'Berlín y la dama del armiño' ya era la serie más vista de Netflix en España. El dato confirma que el tirón de marca sigue funcionando como reclamo.

Pero el reclamo no basta cuando lo que hay dentro del envoltorio se ha ido vaciando temporada a temporada, serie a serie, desde que los atracadores de la Fábrica de Moneda y Timbre guardaron los monos rojos por última vez. Netflix ya trabaja en un nuevo derivado que ampliará este universo. La pregunta incómoda no es si alguien lo verá —claro que lo verán—, sino si a alguien le importará de verdad.

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